Un bar en la ciudad

Siempre había querido tener un bar.

Al principio sólo quería controlar la música. Luego quise un espacio en el que pudiera acoger eventos culturales alternativos… exponer grabados y pinturas, fotografías y todo tipo de creaciones; acoger recitales de poesía y programas de cine; dar cabida a quienes buscan su lugar… Con el tiempo me di cuenta de que sería genial tener una sala de estar más grande para ver a los amigos y también tener la oportunidad de conocer a extraños al azar.

En algún momento de 2019, también decidí que más personas en el mundo necesitaban conocer el mezcal, el primo más ahumado, artesanal y, en general, mucho más genial del tequila. Si no todo el mundo, al menos más gente en Augsburgo, donde me encontré viviendo.

Crecí en México y tengo buenos recuerdos de una anciana que llenaba mi botella de agua promocional de los Looney Tunes (pepsilindro, para los entendidos) con un recipiente de plástico de 5 galones sin marca con el elixir más delicioso. Quería trabajar con una fábrica de mezcal que ofreciera esa autenticidad. Pide y recibirás. Por pura casualidad me presentaron a El Rey Zapoteco, pequeños productores tradicionales de Santiago Matatlán, Oaxaca (también conocida como la «Capital Mundial del Mezcal» según Wikipedia).

El viaje comenzó -muy lentamente- constituyendo la empresa, consiguiendo permisos y, en general, perdiendo mucho tiempo con el papeleo.

Ahora, si sólo tuviera un bar. No os engaño, a finales de año, la bodega que albergaba la #Kreuzweise estaba en venta.

Y ahora, a esperar, a esperar a que se terminen las obras y a que se vaya la COVID-19.

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